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miércoles, 2 de abril de 2008

Río Orinoco
















Ella me contaba historias de su nación, leyendas que se pierden entre los siglos como raíces en la tierra, pero de pronto me cayó en los brazos y estaba urgente y mía, coronada de yerbas, cuando le dije la Parábola del Volcán y las Siete Estrellas. Fue en el momento en que evocamos al Orinoco de las Fuentes, al Orinoco de las Selvas, al Orinoco de los saltos, al de la erizada cabellera que en la Fuente se alisa sus cabellos y en Maipures se despeina; y luego hablamos del Orinoco ancho, el de Caicara que abanica la tierra, y el del Torno y el Infierno que al agua dulce junta un mal humor de piedras, y ella quedó colgada de mis labios, como palabra de carne que hiciera vivo el Poema, porque le dije, amigos, mi Parábola, la 
Parábola del Orinoco, la Parábola del Volcán y las Siete Estrellas.









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